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Texto publicado en el diario Perfil

 La niña madre: el triunfo de la vida

 

 En una sociedad democrática, como la que nos esforzamos en perfeccionar, estamos asistiendo al drama de una niña que quedó embarazada. Expresamos nuestra solidaridad con la niña madre y nos alegramos profundamente porque los familiares optaron por la vida de ambos. Por las noticias recientes, triunfó la solución más humana y saludable, tanto para la niña como para la sociedad, la que siempre ha de estar orientada a favor de la vida. No hay que olvidar que una sociedad democrática se diferencia de una sociedad autoritaria precisamente porque acoge a todos, sin discriminar entre los que tienen derecho a vivir y los que deben ser eliminados en cualquier etapa de la vida. En consecuencia, el camino más solidario y humano es asegurar el respeto, la protección y el acompañamiento efectivo de la niña madre y de su familia.
Por otra parte, recordemos que el derecho a la vida es el derecho primero y básico de cualquier ser humano, desde el instante en que es concebido y nadie ni nada puede suprimirlo. El valor y la dignidad del ser humano no dependen del consenso ni de la decisión mayoritaria de una asamblea legislativa, sino que se sustentan por sí mismos y son anteriores a cualquier legislación. Afortunadamente, en las últimas décadas, la sociedad civilizada ha dado pasos importantes para superar la esclavitud y la sentencia de muerte, y hoy está luchando en superar toda discriminación entre las personas y los pueblos. El drama de la niña, con su prematura maternidad, nos ha colocado una vez más ante una disyuntiva trascendente: actuar a favor de la vida de la madre y del niño que está gestando, o eliminar al más débil. Hablar de “interrumpir” es una falacia. Interrumpir supone la posibilidad de retomar el proceso, en cambio eliminar significa “echar del umbral”, conforme a la etimología, o “expulsar de casa”. Y eso sucede en un aborto provocado.
La experiencia enseña que son incomparablemente superiores los beneficios que se obtienen llevando la gestación hasta el final, aun en situaciones no deseadas y traumáticas, respecto a los daños que se siguen cuando se elimina la vida humana en cualquier etapa antes del parto. Hay testimonios conmovedores de mujeres que optaron por llevar adelante embarazos como consecuencia de violaciones. Por ejemplo, en Catholic.net se puede conocer la historia de una mujer que fue violada por su padrastro y luego por su novio, quien la dejó embarazada. El chico se desentendió y su familia también. De hecho la echaron a la calle. Cuando tuvo a su hija entre brazos se dio cuenta que la vida tenía sentido y hoy es una madre realizada, y una abuela feliz con su primera nieta. En cambio, no se escuchan experiencias de plenitud en contrario.
Ser razonable es actuar conforme a la luz de la razón y con sentido común. La fe no opaca en nada esa luz, al contrario, le aporta más claridad todavía, al punto que la vida resulta aún más “razonable” y más humana, porque la fe nunca puede actuar en contra de la razón. Por la fe tenemos la certeza de que la vida es un don de Dios y el primero de los derechos humanos. Por ello, en el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida” (n. 2270). La sabiduría de las grandes religiones, como la judeocristiana, han plasmado esos principios inalienables en normas que se expresan en la común “regla de oro”: “no hagan a los otros lo que no quieren que ellos les hagan a ustedes”. Se trata de una norma que goza de sentido común y es razonable incluso para quienes la fe no posee mayor relevancia, pero si la aplican les permite no discriminar a nadie y actuar siempre a favor de la vida.
Corrientes, 19 de enero de 2012

Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes
Presidente de la Comisión episcopal de Laicos y Familia

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