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Homilía para la Misa Crismal
La Misa crismal tiene tres momentos que dan un significado propio a esta celebración: el primer momento lo percibimos al observar que en esta asamblea está reunido todo el presbiterio con su obispo. Esta comunión es un don del Espíritu Santo que recibimos en la ordenación sacerdotal. El crisma que ese día impregna nuestras manos y nuestra cabeza, nos consagra totalmente a la misión de colaborar en la construcción de la unidad: unidad de la Iglesia y unidad entre todos los hombres. Es un don, pero al mismo tiempo una tarea a la que destinamos toda nuestra existencia: cuerpo y alma, la vida entera, hasta el final. El segundo momento de esta Misa sucede cuando los sacerdotes, con un solo corazón y una sola alma, renuevan sus promesas sacerdotales y su obediencia al Obispo. Es cuando ratificamos que estamos dispuestos, como el primer día de la ordenación, a una entrega de nuestra vida en su totalidad. Luego, en el tercer momento se procede a la bendición de los óleos, es decir, los aceites que se emplean en diversos sacramentos: el bautismo, la confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de los enfermos. Esta bendición se realiza en la Misa crismal, para indicar que todos los sacramentos nos relacionan con el Misterio Pascual de Jesús y que todos ellos tienen su culmen y su centro en la Eucaristía. Los tres momentos reclaman del sacerdote una profunda vida de fe y de piedad, y una adhesión incondicional a Jesucristo, Buen Pastor.
Sacerdote, hombre de fe
En las recientes “Orientaciones pastorales”, los obispos hemos dicho que compartimos con todos –pero aquí quisiera decir que lo comparto especialmente con nuestros sacerdotes– “la feliz experiencia de haber sido alcanzados por el Señor en el camino de nuestra vida. Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Somos discípulos de Jesús, agraciados por el don de su amistad. Lo decimos con sencillez de corazón: amamos a Jesucristo que nos amó primero y entregó su vida por nosotros. Este es nuestro gozo más grande. El encuentro con Cristo marcó, para siempre, nuestra existencia» (Orientaciones pastorales 2012-2014, Comisión permanente de la CEA, n. 4) . Sin embargo, con humildad reconocemos que debemos renovar siempre nuestro encuentro con Jesús y dejarnos impregnar completamente de su presencia.
El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo (Porta fidei, n. 6). Con la promulgación de este año santo, el Papa quiere poner en el centro de la atención eclesial “el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en Él” (Deus caritas est, 1; en Orientaciones pastorales, n. 8) . Nosotros hemos experimentado ese encuentro con una intensidad única y nos hemos consagrado totalmente a Él. Hoy queremos renovar esa consagración y dejarnos “atraer” nuevamente por Él, y estrecharnos más íntimamente a la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, para que Él convierta nuestro cuerpo juntamente con el suyo en gloria de Dios y liturgia santa (BENEDICTO XVI, Lectio divina sobre Rm 12,1-2 a los seminaristas de la diócesis de Roma, 15 de febrero de 2012).
No es fácil de comprender este camino de consagración, sobre todo cuando se nos propone vivirlo como dedicación exclusiva y entrega total, una totalidad que abarca el cuerpo y el alma, con todas sus potencialidades. Sólo la fe hace posible que un sacerdote viva feliz su vocación en el servicio humilde y cotidiano a sus hermanos. El cáliz y la patena, que colocaron en nuestras manos el día de nuestra ordenación sacerdotal, resumen la vocación sacrificial de nuestra vida y ministerio. En ese momento, el obispo se dirigió a nosotros y nos dijo: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. ¡Qué alegría saber que Dios esté tan cerca de nosotros y que se confíe a nuestra debilidad! Pero al mismo tiempo, ¡cuánta necesidad tenemos de estar más cerca de Él, para que inmersos en Él, todos nuestros sentimientos, palabras y actos hablen de Él!
Podríamos aplicar a nosotros la frase que les dijo el Papa a los jóvenes en Madrid: “Hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás” (BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2011). Para el sacerdote, ese “ser para los demás” empieza con su inserción en el presbiterio. Así lo entiende el Concilio Vaticano II cuando afirma que “los presbíteros, constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental y forman un presbiterio especial en la diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el Obispo propio” (Presbiterorum Ordinis, n. 8). Con esta luz, podemos decir que “hacer el bien” será para el sacerdote algo hermoso, cuando se integra con alegría a los diversos encuentros de presbiterio y se muestra siempre como hermano y amigo de su compañero sacerdote y en filial vínculo con su obispo.
Al servicio de la Iglesia y de los hombres
Esta fraternidad sacramental es para la Iglesia y para el mundo. Así como la Iglesia no es para sí misma, así esta amistad sacerdotal es intrínsecamente misionera, porque los lazos que cultiva se amarran en Jesús, a quien –como escuchamos en el Evangelio– el Espíritu del Señor consagró por la unción y lo envío a la misión: “a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).
El sacerdote, amarrado a Jesús y a su Cuerpo que es la Iglesia, es el hombre con un profundo sentido de “cuerpo”, de “familia”, que prolonga la misión de Jesús, devolviendo la vida y la amistad a los hombres, los reconcilia con Dios y los libera del Maligno, su principal enemigo y a quien se reconoce porque siembra enfrentamientos y división. Por ello, el remedio infalible del sacerdote en su lucha contra el demonio es “impregnarse” de comunión, de esa comunión real en Cristo con sus hermanos sacerdotes y con su obispo. “La misión del presbítero se lleva a cabo «en la Iglesia» -enseña el Papa-, la misión es «eclesial» porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo” (La identidad misionera del presbítero en la Iglesia, como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera, Carta Circular de la Congregación para el Clero, 29 de junio de 2010). De allí que nunca puede actuar sólo o aislado.
Pero precisamente para que podamos desarrollar esa misión como sacerdotes de Cristo en la Iglesia y para el mundo, debemos ofrecernos cada día como hostias vivas a Dios. “Ofrecernos”, no ofrecer algo, sino todo. Nuestro sacerdocio es un sacerdocio que ejercemos en el Único Sacerdocio de Cristo, que se ofreció a sí mismo, transformando en oración y en grito al Padre el sufrimiento del mundo (Cf. BENEDICTO XVI, Lectio divina al clero de Roma al inicio de la Cuaresma, 18 de febrero de 2010). No se trata de una actividad de algunas horas, ni se limita a un acto cultual, sino que se realiza precisamente en la entrega total a la fraternidad presbiteral, en la vida pastoral, con sus sufrimientos y sus debilidades. Ese ofrecimiento total nos amarra cada vez más a Cristo y nos hace amar con más intensidad a la Iglesia.
El Año Sacerdotal despertó la alegría de saber que Dios está muy cerca de nosotros y, al mismo tiempo, la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad. Esperamos que el Año santo de la Fe nos impregne más de la presencia de Jesús para ser hombres de Dios, porque lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin (Porta fidei, n. 15). Porque, al fin de cuentas, “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote” (Ibid. La identidad misionera del presbítero en la Iglesia…).
A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas que nos acompañan en esta celebración, expresando de ese modo la cercanía y afecto que sienten por sus sacerdotes, les pedimos que nos ayuden con su oración a vivir con mayor pasión y santidad nuestro sacerdocio, y pedir a Dios por las vocaciones sacerdotales y de especial consagración. Nos sentimos profundamente agradecidos por el don de la fe y de la vocación sacerdotal, y felices de formar parte de este presbiterio en esta nuestra Iglesia arquidiocesana de Corrientes. Con Mons. Domingo Salvador Castagna y todos ustedes, sacerdotes y fieles, nos encomendamos al maternal cuidado de la Santísima Virgen, a quien invocamos con el dulce nombre de María de Itatí. Así sea.
Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes
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