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Bella Vista: monseñor Castagna presidió la fiesta de la Virgen del Carmen

 

La comunidad de la antigua parroquia de Nuestra Señora del Carmen, de Bella Vista, celebró su fiesta patronal. El lema que anima estas celebraciones es: “Con María, concretemos nuestra fe”.
El Arzobispo Emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, concelebró la misa central, con sacerdotes oriundos de la ciudad y del decanato.

A continuación, el texto completo de su Homilía:

" La antigüedad y el prestigio sagrado de esta Fiesta mariana han dejado una fuerte impronta en la espiritualidad de la Iglesia. Como aquí también en naciones enteros hace sentir su patrocinio, vgr. en nuestra hermana República de Chile. María se hace cargo de sus hijos, desde espectaculares Santuarios hasta muy humildes ermitas, para recuperarlos y conducirlos al Buen Pastor, sin reparar en distancias y obstáculos que hacen dificultosos los caminos habituales. Pensemos en el estilo devocional de este pueblo de Corrientes. Hoy, la correntina Itatí está desbordante de peregrinos, recordando el 112 aniversario de la Coronación Pontificia de la Sagrada Imagen. Las advocaciones diversas no confunden la clara identidad de la Purísima Madre de Jesús y nuestra, sea cual fuere el nombre que piadosamente se le atribuya. Es María, la Madre de Dios y de los hombres: del Carmen, de Itatí, de Luján, del Valle, del Rosario de San Nicolás etc.…. Es conmovedor lo que hace ella, manifestando su venerable presencia en cada una de esas Imágenes, consagradas por la devoción popular.

María trae consigo el mensaje de su Hijo divino y el consabido llamado a la conversión. En cada fiesta de la Virgen Santísima, si se agudiza el oído interior, su voz maternal, dulce y firme a la vez, es eco del llamado evangélico a ser buenos cristianos. Casi todos los que se dicen cristianos no disimulan su atracción devocional a la Madre de Dios. Esta innegable costumbre popular constituye una puerta abierta hacia el desarrollo del misterio de la fe para cada uno de los bautizados. Así lo proclama proféticamente el Papa Benedicto XVI al convocar a los cristianos a un Año de la fe: “… la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Porta fidei – nº 1). María hace posible el encuentro vital con Cristo, su Hijo, y lo promueve intencionalmente. Del mismo depende la salud del hombre y de la sociedad que pretende construir. Ciertamente es pura condescendencia de Dios que María haya adquirido la popularidad que posee en los ambientes más marginados e incluso más extraños al orden moral del Evangelio. Allí, donde ningún misionero o ministro religioso tiene acceso, está su Imagen, quizás mal usada como amuleto por algunos, pero, está. Con la Imagen está su recuerdo, convertido en signo humilde de su presencia.

La mejor manera de homenajearla es aceptar el encuentro con su Hijo, con los oídos prestos a escuchar su palabra, predicada por la Iglesia, y con la confianza depositada en el poder de su gracia para obedecerla de inmediato. Ser cristiano es participar de la vida familiar descrita en el texto del Evangelio que acabamos de escuchar: “Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mateo 12, 49-50). Cada celebración mariana es una nueva ocasión para un encuentro saludable y decisivo con Jesucristo. María recrea el clima familiar de Nazaret hasta que nos incorpora a la familia de Jesús con tal que hagamos la voluntad del Padre Dios. Si, como nos lo inspira la Virgen, nuestro encuentro con Jesús fuera auténtico y diera los resultados de un comportamiento coherente con la fe que aseguramos profesar, ¡cuán otra sería la fisonomía de una sociedad que se ufana de ser cristiana y católica! En un examen honesto se advertirían las incongruencias, insostenibles desde la fe, que resultan de algunas fórmulas empleadas para sostener cierta práctica de la justicia, de la política, de la economía, de la equitativa distribución del patrimonio común, de la enseñanza y de la atención de los más pobres y desamparados.

La devoción a María no inmoviliza la vida cristiana, todo lo contrario. Las peregrinaciones, y la misma concentración de fieles con motivo de las principales fiestas marianas, no dejan las cosas como están. En cada celebración se produce un encuentro con Cristo que compromete la vida y acción de los creyentes. La respuesta de la Madre de Dios a nuestras plegarias y ofrendas es Cristo como gracia, que predispone a una renovación personal y social, con el fin de corregir errores y abrir auténticas perspectivas para un futuro mejor que el presente. El Evangelio como “poder de Dios” que salva al que cree no tolera ser reducido a lecturas mentirosas o al silencio. Como Palabra de Dios debe ubicarse en el centro de la vida creyente (de la verdadera vivencia cristiana). Así lo reclama María, día tras día, desde su venerada Imagen del Monte Carmelo (o del Carmen).
La antigüedad y el prestigio sagrado de esta Fiesta mariana han dejado una fuerte impronta en la espiritualidad de la Iglesia. Como aquí también en naciones enteros hace sentir su patrocinio, vgr. en nuestra hermana República de Chile. María se hace cargo de sus hijos, desde espectaculares Santuarios hasta muy humildes ermitas, para recuperarlos y conducirlos al Buen Pastor, sin reparar en distancias y obstáculos que hacen dificultosos los caminos habituales. Pensemos en el estilo devocional de este pueblo de Corrientes. Hoy, la correntina Itatí está desbordante de peregrinos, recordando el 112 aniversario de la Coronación Pontificia de la Sagrada Imagen. Las advocaciones diversas no confunden la clara identidad de la Purísima Madre de Jesús y nuestra, sea cual fuere el nombre que piadosamente se le atribuya. Es María, la Madre de Dios y de los hombres: del Carmen, de Itatí, de Luján, del Valle, del Rosario de San Nicolás etc.…. Es conmovedor lo que hace ella, manifestando su venerable presencia en cada una de esas Imágenes, consagradas por la devoción popular.

María trae consigo el mensaje de su Hijo divino y el consabido llamado a la conversión. En cada fiesta de la Virgen Santísima, si se agudiza el oído interior, su voz maternal, dulce y firme a la vez, es eco del llamado evangélico a ser buenos cristianos. Casi todos los que se dicen cristianos no disimulan su atracción devocional a la Madre de Dios. Esta innegable costumbre popular constituye una puerta abierta hacia el desarrollo del misterio de la fe para cada uno de los bautizados. Así lo proclama proféticamente el Papa Benedicto XVI al convocar a los cristianos a un Año de la fe: “… la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Porta fidei – nº 1). María hace posible el encuentro vital con Cristo, su Hijo, y lo promueve intencionalmente. Del mismo depende la salud del hombre y de la sociedad que pretende construir. Ciertamente es pura condescendencia de Dios que María haya adquirido la popularidad que posee en los ambientes más marginados e incluso más extraños al orden moral del Evangelio. Allí, donde ningún misionero o ministro religioso tiene acceso, está su Imagen, quizás mal usada como amuleto por algunos, pero, está. Con la Imagen está su recuerdo, convertido en signo humilde de su presencia.

La mejor manera de homenajearla es aceptar el encuentro con su Hijo, con los oídos prestos a escuchar su palabra, predicada por la Iglesia, y con la confianza depositada en el poder de su gracia para obedecerla de inmediato. Ser cristiano es participar de la vida familiar descrita en el texto del Evangelio que acabamos de escuchar: “Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mateo 12, 49-50). Cada celebración mariana es una nueva ocasión para un encuentro saludable y decisivo con Jesucristo. María recrea el clima familiar de Nazaret hasta que nos incorpora a la familia de Jesús con tal que hagamos la voluntad del Padre Dios. Si, como nos lo inspira la Virgen, nuestro encuentro con Jesús fuera auténtico y diera los resultados de un comportamiento coherente con la fe que aseguramos profesar, ¡cuán otra sería la fisonomía de una sociedad que se ufana de ser cristiana y católica! En un examen honesto se advertirían las incongruencias, insostenibles desde la fe, que resultan de algunas fórmulas empleadas para sostener cierta práctica de la justicia, de la política, de la economía, de la equitativa distribución del patrimonio común, de la enseñanza y de la atención de los más pobres y desamparados.

La devoción a María no inmoviliza la vida cristiana, todo lo contrario. Las peregrinaciones, y la misma concentración de fieles con motivo de las principales fiestas marianas, no dejan las cosas como están. En cada celebración se produce un encuentro con Cristo que compromete la vida y acción de los creyentes. La respuesta de la Madre de Dios a nuestras plegarias y ofrendas es Cristo como gracia, que predispone a una renovación personal y social, con el fin de corregir errores y abrir auténticas perspectivas para un futuro mejor que el presente. El Evangelio como “poder de Dios” que salva al que cree no tolera ser reducido a lecturas mentirosas o al silencio. Como Palabra de Dios debe ubicarse en el centro de la vida creyente (de la verdadera vivencia cristiana). Así lo reclama María, día tras día, desde su venerada Imagen del Monte Carmelo (o del Carmen)".

+ Mons. Domingo S. Castagna
Arzobispo Emérito de Corrientes


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