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 Homilía de monseñor Domingo Salvador Castagna en la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced

 Lucas 8, 16-18

 Con frecuencia me he preguntado: ¿por qué nuestro pueblo se destaca por su devoción mariana? Existen muchas formas de responder, todas ellas fundamentadas en la verdad. ¿Por qué el temperamento de nuestra gente, simple y pobre, se adecua como nadie a esta peculiar corriente devocional? En una oportunidad, relatada por el Evangelista Mateo, Jesús eleva una bella oración de alabanza al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (11, 25). En ella queda de manifiesto la virtud humanizadora de la humildad. María se mueve con libertad entre los humildes y encuentra en ellos las disposiciones ideales para que el Verbo, encarnado en sus entrañas virginales, sea saludablemente acogido por los hombres. El espíritu mariano de nuestro pueblo procede del grado de plasmación del Evangelio predicado por la Iglesia Católica. No es así en otros pueblos no favorecidos por esta particular acción evangelizadora. Los países de profunda raigambre católica, tanto en Europa como en América Latina, testimonian que su fe cristiana está vinculada a la devoción mariana.

Corrientes es uno de esos pueblos. Su Santuario de Nuestra Señora de Itatí le otorga una impronta cultural, expresada en su lenguaje de bendiciones, en sus peregrinaciones y en su folclore recitador y chamamesero. Pero no queda allí. Su devoción a la Madre de Dios se expresa en su apertura a todas las advocaciones de la misma Madre. Estamos celebrando la Solemnidad de Nuestra Señora de la Merced, tan entrañada en esta ciudad de Corrientes, más de cuatro veces secular. El General Manuel Belgrano, como acción de gracias por la victoria en la batalla de Tucumán, le entregó simbólicamente la Jefatura del Ejército emancipador que él comandaba entonces. Pero, como ocurre siempre, el pueblo, en nuestro caso el pueblo correntino de su ciudad capital, entregó a María - en la advocación de Nuestra Señora de la Merced - el comando de su propio corazón y comportamiento cristianos. Contemplando su sagrada Imagen constato que mantiene entre sus manos aquel bastón histórico entregado por el ilustre General en Tucumán, el 24 de septiembre de 1816 (año de la Independencia). Esa visión me permite hacer una lectura de lo que veo, deshuesando el signo y trasladándolo a lo que anteriormente afirmé. ¿María sigue manteniendo entre sus manos maternales el bastón de mando de nuestra vida? ¿O se lo retiramos con frecuencia, cuando olvidamos nuestros deberes cristianos y ciudadanos?

¡Que oportuna ocasión esta Fiesta de Nuestra Señora de la Merced! María nos invita siempre a examinar nuestra fidelidad a Dios, en su Hijo divino. Ejerce una atracción extraordinaria que ella orienta personalmente a Cristo: a la obediencia de la fe, al compromiso de la vida al servicio de los hermanos y, en consecuencia, de la Patria. El Correntino tiene fama de sacrificado combatiente por la causa cristiana de la libertad…porque es cristiano o porque piensa y siente como cristiano, cualquiera sea la fe que profese. Su ser cristiano es inseparable de su ser mariano. La Cruz de Cristo está acompañada necesariamente por la Madre con sus tiernos títulos de Itatí, de la Merced y del Carmen.

Vivimos una hora que reclama, a este pueblo cristiano y mariano, que revitalice su proverbial temple combatiente en la recuperación de su auténtica libertad. Hoy no necesita más armas que su empeño generoso en la honestidad, en la solidaridad, en el estudio, en el trabajo cotidiano, en la constitución de familias estables, en el diálogo ciudadano, en el amor a la vida, como sagrado don de Dios, respetándola desde la concepción hasta su término biológico natural. Pueblo devoto que valora la oración y encuentra en ella el medio imprescindible para alimentar su fe y dinamizarla en el ejercicio auténtico de la caridad. Decíamos que hoy es un día para un sincero examen, también lo es para la oración hecha atenta escucha de la Palabra de Dios y Eucaristía.

Mons. Domingo S. Castagna
Arzobispo emérito de Corrientes




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