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Celebración del 30º aniversario de Hogares Nuevos San Luis, 27 de octubre de 2012

 "El valor del laicado en una misión concreta: la familia"

I. Introducción Vamos a reflexionar sobre la importancia que tiene el hecho de ser fiel laico, en forma individual o asociado, en una misión concreta que es la familia. Para ello, en primer lugar, acudiremos a la enseñanza de la Iglesia, como nos pide el Papa con motivo del Año de la fe, para recordar los contenidos esenciales que sobre nuestro tema nos brinda el Magisterio de la Iglesia. Todo esto es para motivarnos a vivir con mayor entusiasmo el inmenso don que poseemos en el sacramento del matrimonio y la familia cristiana, y que es, además, un gran beneficio para toda la sociedad. Y, por último, destacaremos algunos desafíos pastorales ante los cuales se encuentra hoy la familia y reclaman una concreta actuación de los fieles laicos.

Todavía resuenan con mucha fuerza las palabras de exhortación a la misión, que encontramos al final del documento de Aparecida, dirigidas a toda la Iglesia de América Latina y El Caribe, pero que muy bien podemos aplicar a ese ‘santuario doméstico de la Iglesia’ (1) , que es la familia cristiana: «¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!» (2)  Y antes de finalizar, en el mismo documento se advierte que «para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos (…) llamados a recomenzar desde Cristo, (…) porque sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar» (3)

II. En el contexto eclesial del Año de la fe

El Año de la fe, que fue inaugurado recientemente por el Santo Padre Benedicto XVI, interpela a ‘toda la Iglesia y a todos en la Iglesia’, fieles laicos, consagrados y clérigos, a entrar por la ‘puerta de la fe’, que está siempre abierta para nosotros. «Se cruza ese umbral –afirma el Papa– cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida»(4) . En ese camino –dice el Santo Padre– tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, -nosotros hoy podemos añadir: en esta celebración del trigésimo aniversario de Hogares Nuevos– para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre (5) , y la buena nueva de la familia cristiana que se basa en esa fe.
Con la promulgación de este Año el Santo Padre quiere poner en el centro de la atención eclesial “el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en él” (6) . Benedicto XVI nos dice también: “la fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este “estar con él” nos lleva a comprender las razones por las que se cree” (7). El Año de la Fe ofrecerá así a todos los creyentes una buena oportunidad para profundizar los principales documentos del Concilio Vaticano II y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y de esa manera crecer en el conocimiento de los contenidos de la fe . (8)
En el Instrumentum laboris, texto que recoge los aportes de todas las conferencias episcopales del mundo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana –que es el tema del Sínodo de los Obispos que está concluyendo en estos días– leemos que “Entre los sujetos de la transmisión de la fe, las respuestas dan mucho espacio a la figura de la familia. Por una parte, el mensaje cristiano sobre el matrimonio y la familia es un gran don, que hace de la familia un lugar ejemplar para dar testimonio de la fe, por su capacidad profética de vivir los valores fundamentales de la experiencia cristiana: dignidad y complementariedad del hombre y la mujer, creados a imagen de Dios(9), apertura a la vida, participación y comunión, dedicación a los más débiles, atención educadora, confianza en Dios como fuente del amor que realiza la unión. Muchas Iglesias particulares insisten e invierten energías en la pastoral familiar, precisamente en esta prospectiva misionera y testimonial”  (10). Hay aquí un campo vasto que reclama la presencia de los fieles laicos, con una renovada conciencia de discipulado misionero, sabiéndose enviados por la Iglesia para actuar cristianamente sin perder la comunión cordial y efectiva con ella.

III. El testimonio: un elemento indispensable para la misión

Ante todo, cuando nos referimos a la tarea evangelizadora de la Iglesia, es importante que empecemos subrayando el valor insustituible del testimonio. Lo ha afirmado Pablo VI diciendo que «para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (11). Por eso, propongo que iniciemos nuestra reflexión con el testimonio conmovedor de una familia muy joven.
Se trata de una familia que se considera familia de la «generación Wojtyla»(12) . Son Chiara y Enrico, un joven matrimonio romano, que dieron su testimonio ante el Papa en la audiencia general el 2 de mayo de este año. Contaron que se educaron en el ámbito parroquial y arraigados en la espiritualidad franciscana. Y optaron por la vida, cuando los análisis prenatales de dos de sus hijos diagnosticaron afecciones incurables. Acogieron así a María, anencefálica, y la acompañaron en sus treinta minutos de vida. Con el mismo espíritu de fe recibieron también a Davide, privado de piernas y con malformaciones de las vísceras, manteniéndose a su lado en las pocas horas de su existencia terrena. Por fin fue engendrado Francesco, pero Chiara, embarazada, recibió el diagnóstico de un carcinoma; afrontarlo significaría poner en peligro la gestación. La decisión fue llegar a dar a luz serenamente. Después del parto, la madre inició el tratamiento del tumor, cuya agresividad fue tal que no ha dado margen de mejoría. Es la serenidad el rasgo que mostraron los esposos en la plaza de San Pedro. Veintiocho años ella, treinta y tres él. Chiara expresó así el proyecto de familia a Enrico: «Ahora que voy allá yo me ocupo de María y Davide; tú, que permaneces aquí, cuida bien de Francesco». Un testimonio que no se improvisa. Dicen que su maestro en la forma de vivir el valor salvífico del sufrimiento ha sido Juan Pablo II, el Papa de su infancia y adolescencia, beatificado hace un año. Siguiendo su enseñanza, se consagran cotidianamente a María, con la espiritualidad del Totus tuus; y rezan el rosario cada jueves con otras familias amigas. El miércoles Chiara y Enrico se estrecharon a Benedicto XVI –visiblemente conmovido- como hijos. Y sonriendo le confiaron su historia de joven familia cristiana que se ha abandonado completamente a la Providencia y ha tomado en serio el Evangelio y cuanto vieron vivir a Juan Pablo II.
Con un testimonio así, la letra de la exhortación apostólica Familiaris Consortio, se convierte en vida, por ejemplo allí donde leemos que «una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo»(13). Con la convocatoria al Año de la fe, el Papa nos invita a retomar con entusiasmo nuestra común y universal vocación a la santidad en la Iglesia, “todos –afirma el Concilio (14)– lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía, que los apacentados por ella, están llamados a la santidad. [Esa santidad] se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida”. La expresión ‘en su propio género de vida’ nos abre el horizonte hacia el ‘valor del laicado” en general, y en una misión concreta que es la familia, en particular, como camino propio y peculiar para responder al llamado común y universal a la santidad.
Ese testimonio de vida cristiana vivido en extremo, es una luz potente que iluminan las áreas prioritarias propuestas en los Aportes para la Pastoral Familiar, donde se plantean tres cauces para una nueva pedagogía del amor: 1. atención al vínculo de amor de los esposos; 2. Relación de los padres y los hijos; autoridad y educación en valores; y 3. Experiencia religiosa de las familias y transmisión de la fe (15).

IV. Una mirada filial al Magisterio de la Iglesia

Como hemos dicho, el Papa, al convocarnos a vivir el Año de la fe, ha dado algunas indicaciones pastorales muy precisas en la Carta apostólica Porta fidei, que luego, por expreso mandato suyo, esas indicaciones fueron acrecentadas y difundidas en una Nota (16) . Siguiendo esas oportunas indicaciones, vamos a recordar algunos contenidos de la fe que están vinculados al tema del valor del laicado y su misión concreta en la familia, para que el conocimiento de esos contenidos haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, y eso nos lleve a adherirnos plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. (17) Para ello, nada mejor que ir a las fuentes del Concilio Vaticano II, porque allí «se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (18), nos ha asegurado el beato Juan Pablo II en el comienzo de milenio.
La magnífica Constitución conciliar Lumen Gentium comienza con la doctrina sobre el Misterio de la Iglesia. En ese marco, cuando se refiere a los fieles laicos unidos por el sacramento del matrimonio, afirma que tienen un modo y estado de vida propio dentro del Pueblo de Dios, razón por la cual se puede hablar del valor insustituible que el laicado tiene en el campo de la familia. En efecto, el Concilio afirma que “los esposos cristianos, con la fuerza del sacramento del matrimonio, por el que representan y participan del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (19), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida matrimonial y con la acogida y educación de los hijos. Por eso tienen en su modo y estado de vida su carisma propio dentro del Pueblo de Dios. En efecto, de esta unión conyugal procede la familia, en la que nacen los nuevos miembros de la sociedad humana. Éstos, por la gracia del Espíritu Santo, se convierten en hijos de Dios por el bautismo para perpetuar el Pueblo de Dios a través de los siglos. En esta especie de Iglesia doméstica los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de favorecer la vocación personal de cada uno y, con un cuidado especial, la vocación a la vida consagrada” (20).
En ese párrafo del Concilio podemos destacar tres enunciados básicos que apuntan a la misión de la familia. El primero, la familia cristiana representa y participa del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia. En segundo lugar, sus miembros lo viven con un carisma que les es propio. Y en tercer lugar, como consecuencia de ese estado de vida original y único, la familia se convierte en una especie de Iglesia doméstica que evangeliza y es evangelizada, una ‘Iglesia en miniatura’ (21) , como se ha dicho con fundamento y en un tono cálido más tarde. A los diez años del Concilio, el Papa Pablo VI destaca la singularidad que corresponde a los fieles laicos en la evangelización del mundo contemporáneo: “Los seglares, cuya vocación específica los coloca en el corazón del mundo y a la guía de las más variadas tareas temporales, deben ejercer por lo mismo una forma singular de evangelización” (22).
Las expresiones ‘carisma propio’, ‘su modo y estado de vida’, ‘su vocación específica’, ‘esa singularidad que les corresponde’, referidas a los fieles laicos y para su adecuada interpretación, es necesario acudir a la Evangelii Nuntiandi, que nos instruye sobre la misión de los fieles laicos diciendo que: “su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -esa es la función específica de los Pastores-, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc. Cuantos más seglares hayan impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos en ellas, (…) tanto más estas realidades (…) estarán al servicio de la edificación del reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús” (23).
El Concilio Vaticano II nos ayudó a comprender con mayor amplitud y profundidad que "la Iglesia entera es misionera, la obra de evangelización es un deber fundamental del pueblo de Dios" (24). Recordemos que el mismo Concilio explica que al pueblo de Dios pertenecen sin distinción laicos, religiosos y clérigos. Sin embargo –aclara– que ciertas particularidades pertenecen especialmente a los laicos, hombres y mujeres, en razón de su condición y misión. Ellos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Entre esas realidades se encuentra la vida conyugal y familiar, donde Dios los llama a realizar su función propia, para que sobre todo con el testimonio de vida, muestren a Dios a los demás (25) . La doctrina del Concilio sobre la identidad y misión de los fieles laicos enseña que a ellos “[Jesucristo] los une íntimamente a su vida y misión, dándoles también parte en su función sacerdotal para que ofrezcan un culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. (…) Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo” (26).
Transcurrida ya la primera década del Concilio, el Siervo de Dios, el Papa Pablo VI, en aquella insuperable Exhortación apostólica del año 1975, Evangelii Nuntiandi, resalta el valor de los laicos respecto de la familia, y los coloca como agentes de pastoral (27) . Sobre esos textos deberíamos reflexionar con frecuencia, porque fueron, básicamente los que inspiraron el pensamiento sobre la Misión continental en Aparecida, entendida como misión de ‘toda la Iglesia y de todos en la Iglesia’. En esa Exhortación leemos que “en el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. (…) La familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido” (28). Ahora bien, los primeros evangelizadores de la familia son sus propios integrantes y estos, obviamente, son todos fieles laicos.
La valoración del laicado en la misión de la Iglesia es anterior al Concilio Vaticano II. En efecto, en el año 1946, Pío XII, escribía: “Los fieles, y con mayor precisión los seglares, se encuentran en la línea avanzada de la vida de la Iglesia; para ellos, la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por esta razón, ellos, especialmente ellos, deben tener una conciencia cada vez más clara no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia misma, esto es, la comunidad de los fieles en la tierra bajo la dirección del jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia, y por esto, ya desde los primeros tiempos de su historia, los fieles, con la aprobación de sus obispos, se han unido en asociaciones particulares concernientes a las más diversas manifestaciones de la vida. La Santa Sede no ha cesado nunca de aprobarlas y bendecirlas” (29).
También el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe –leemos en Porta fidei–, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. (…) Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas. Ya no podemos considerar la fe como un presupuesto obvio de la vida común, porque de hecho este presupuesto no aparece como tal, sino incluso con frecuencia es negado, como se constata en el documento arriba citado (30) . Por ello, hoy se hace más urgente un adecuado conocimiento de lo que enseña la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, para que sus integrantes sepan dar razones de los contenidos esenciales de la fe, y sobre todo, para profesarla, celebrarla y vivirla en las actuales circunstancias por lo que se refiere al amor matrimonial y familiar, y convertirse así en verdaderos y propios misioneros del amor y de la vida (31) .
El 13 de mayo del año 2007, en el Discurso inaugural de la V Conferencia General de Aparecida, el Santo Padre Benedicto XVI colocó la familia como el primer campo prioritario “para llevar a cabo la renovación de la Iglesia” (32) y, a continuación, entre los otros campos, menciona a los laicos, “en estos momentos –recordó el Papa– en que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera” (33). Aquel Discurso inaugural marcó profundamente la reflexión de los obispos en Aparecida, como se puede evidenciar en el texto de documento final. Según el pensamiento del Papa, la familia y los laicos son campos prioritarios para la renovación de la Iglesia y, más adelante dice, refiriéndose a los laicos, que “deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores” (34). En resumen, la familia y los fieles laicos, son agentes indispensables para renovar la Iglesia y la sociedad con la levadura del Evangelio.

V. Confesar, vivir y comunicar la fe cristiana en la familia

En el reciente Encuentro mundial de las Familias, que se celebró en Milán, se dijo que la crisis actual es una crisis antropológica y cultural. Individualismo, hedonismo, relativismo lo invaden todo y reducen horizontes: la persona se reduce al individuo; la felicidad al placer; la familia a residencia de individuos bajo un mismo techo; y el trabajo a mercado de intercambio. Esto lleva a dolorosas consecuencias. Por ello, es necesario ampliar la visión de individuo a persona, como ser relacional y abierto a la trascendencia.
A esto debemos añadir que el nivel antropológico y cultural remite a otro más profundo que es el religioso. Los síntomas más hondos de la crisis del matrimonio cristiano y la familia hay que buscarlos en el debilitamiento de la vida de fe. Y esa fragilidad sobreviene con una pérdida gradual de la visión cristiana de la vida, en este caso de la vida conyugal y familiar, causada por múltiples factores, entre los cuales debemos colocar una cierta inconsistencia en la formación cristiana y, en consecuencia, una escasa práctica de la vida de fe. En una homilía reciente, el Papa, recodaba que “el matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de dios Uno y Trino, que en Cristo nos a amado con un amor fiel hasta la cruz” (35).
Al final de cuentas, la causa principal de la crisis de los matrimonios y de las familias es la misma que percibimos en el sacerdocio y en la vida consagrada: el debilitamiento en la vida de fe. Y cuando ésta disminuye, la vida en lugar de expandirse se repliega sobre sí misma y, como consecuencia, padece también el entusiasmo por la misión, que siempre supone salir al encuentro, dejar la propia orilla, y ‘navegar mar adentro’.
Las secuelas de ese debilitamiento y aun de pérdida de la fe, se manifiestan en la confusión sobre la identidad del individuo y su dificultad para establecer vínculos duraderos y profundos con los otros. Por eso, en los Aportes para la Pastoral Familiar de la Iglesia en Argentina, como conclusión al análisis sobre el matrimonio y la familia en el contexto del cambio cultural, se llega a constatar dos cuestiones desafiantes para la vida conyugal y familiar: 1. Integración de la autonomía personal y el vínculo relacional; y 2. Nuevo estilo de vinculación del varón y la mujer, de padres e hijos. En ambas cuestiones, atendiendo a los factores culturales que provocan la inestabilidad de los vínculos, el gran desafío es redescubrir el aporte fundamental que proviene de la luz de la fe y la visión cristiana de la vida, e implementar los medios para alimentarla con la enseñanza, es decir, con los contenidos esenciales de la fe, y alentarla con la práctica de esa fe mediante la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y la vida de caridad.
Para comprender la inestabilidad de los vínculos, sobre todo referidos a la relación varón-mujer, es necesario releer y repensar el Capítulo dos y tres del Génesis. Allí encontramos respuestas a tres interrogantes fundamentales de la vida humana: la verdad sobre Dios: quién es; la verdad sobre ser humano: ¿qué es el hombre y cuál es su misión?; y la respuesta sobre la perplejidad de la conducta incoherente del ser humano, que San Pablo formuló de esta manera: “El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (36). Detengámonos un momento en el texto bíblico de la creación del hombre.
El ser humano, en la mentalidad bíblica es una pareja y no un mero individuo. La separación y aislamiento tienen lugar luego que la tentación logra confundir a la pareja e inducirlas a una opción engañosa. En cambio, en el origen las cosas no eran así. En Génesis 1,27 encontramos la antropología de la «imagen» de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen» y enseguida invierte la afirmación insistiendo: «A imagen de Dios lo creó»(37). A continuación hay una sorprendente puntualización: «Varón y mujer los creó». La pareja humana que se ama y genera se convierte en la imagen más semejante de Dios. Nuestro vínculo natural con el Creador hay que buscarlo en la persona humana, en cuanto comprende la bipolaridad sexual, la fecundidad, la capacidad de poseer y dar la vida y, por tanto, en el sentido más amplio, el amor. En esto se debe ver el rasgo distintivo de nuestra «semejanza» con Dios.
Esa semejanza con Dios se desfigura, como vemos luego en el capítulo que narra la caída del hombre. A la amistad con Dios, a la alianza que el hombre vivía ‘desde adentro’ con él, prefiere los códigos aceleradores que le ofrece la tentación, que excitan la ambición de la posesión total y desatan la fantasía del ‘ir por todo’ y con satisfacción inmediata. La confusión se produce cuando el ser humano coloca a Dios fuera de sí mismo como uno que compite con su realización y felicidad.
El pensamiento constructivista, cuyo mandamiento principal afirma que el individuo se construye a sí mismo desde sí mismo, no parte de la experiencia originaria de comunión, sino que parte de una ruptura original y por eso no puede sino levantar la bandera de la autoconstrucción. De ese modo, el ‘otro semejante’ ya no sería la “ayuda adecuada”, no es alguien que me sorprenda y exalte, porque “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (38) , sino una especie de aliado funcional y de ocasión para la autoconstrucción. Es difícil, sino imposible, pensar que de ese punto de partida se pueda desarrollar un proyecto de vínculos duraderos, inclusivos y estables; si se parte del individuo nada indica que desde allí se pueda pensar en un pueblo, en valores como la fraternidad, la solidaridad, ni aun en la justicia y la libertad. En el fondo, el hombre rompe la alianza que sostenía y daba sentido vida de relación con Dios, con los otros y con las cosas.
Con razón se ha dicho que la ‘liquidez’ es una característica de los vínculos humanos en nuestra época. Esto lleva al extremo de legislar esa ‘liquidez’ como criterio para ‘conectar’ o ‘desconectar’ las relaciones entre las personas, aun aquellas que deberían estar protegidas por la fidelidad y estabilidad, como es el vínculo varón-mujer. Sin embargo, parece que “invertir sentimientos profundos en la relación y jurar fidelidad implica correr un enorme riesgo: eso lo convierte a usted en alguien dependiente de su pareja (aunque señalemos que la dependencia –que rápidamente ha cobrado un matiz peyorativo– es la base de la responsabilidad moral hacia el Otro) (39).
A contraluz de esa desintegración de los vínculos, sobresale cada vez más la historia de la Salvación como un relato dramático, por una parte, de la sucesión de rupturas de la alianza en las que incurren individuos y pueblo elegidos por Dios; y, por otra, de la inquebrantable fidelidad de Dios al vínculo que él estableció con el hombre. El vértice de ese espectáculo sorprendente y extraordinario se consuma en la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Gracias a ese acontecimiento, único y definitivo, la Iglesia se convierte en la garantía de durabilidad, profundidad y fidelidad de los vínculos primarios y esenciales del hombre: con Dios, con los otros y con el medio en el que vive.
En estos días, durante el Sínodo de los Obispos, en una entrevista que le han hecho al Santo Padre, decía que tenía esperanza en los jóvenes porque han visto tantas cosas –las ofertas de las ideologías y del consumismo– pero perciben el vacío de todo esto, su insuficiencia. El hombre ha sido creado para el infinito. Todo lo finito es demasiado poco. Y por eso vemos cómo, en las generaciones más jóvenes, esta inquietud se despierta de nuevo y cómo se ponen en camino; así hay nuevos descubrimientos de la belleza del cristianismo (…) El cristianismo es verdadero, y la verdad siempre tiene un futuro” (40).
En Aparecida se vio la necesidad de reconstruir la identidad discipular del creyente, invitándolo a un encuentro personal con Jesús, a una relación nueva, transformante, profunda. Así se dijo luego en esa asamblea: “Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo” (41).
“La familia cristiana es una comunidad en diálogo con Dios” (42) y por ello con razón se le aplica el hermoso título de ‘santuario doméstico de la Iglesia’. En consecuencia, la familia cristiana tiene un ‘cometido sacerdotal’ que puede y debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera, la familia cristiana es llamada a santificarse y santificar a la comunidad eclesial y al mundo (43). Para ello es indispensable recuperar la oración diaria en la familia y en cada uno de sus integrantes, para que efectivamente se conviertan en una ‘comunidad que vive en continuo diálogo con Dios’. La centralidad de la Eucaristía para la fecundidad de la vida sacramental de los cónyuges y para toda la familia es indispensable. El ‘motor’ que impulsa la misión del laico respecto de la familia se enciende y mantiene un buen nivel de ‘revoluciones’ si se alimenta del diálogo con Dios que tiene su fuente y culminación en la Eucaristía.
Con la proclamación del Año de la fe, el Papa pone de manifiesto para toda la Iglesia, pero nosotros lo podemos aplicar a la Iglesia doméstica, la urgencia de fortalecer la vida y la práctica de fe en la vida de los esposos y en el seno de la familia: “Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51)(44).” Y un poco más adelante insiste en la necesidad de reavivar la fe: “Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo.(45)” La misma adhesión a Jesucristo nos hace amigos del matrimonio y la familia.
A partir de Aparecida, la Iglesia nos invita a vivir el discipulado misionero como fuente de renovación pastoral y nuevo punto de partida para la evangelización. Como discípulos debemos volver a frecuentar los lugares de encuentro con Jesucristo (46) para recuperar el fervor espiritual y la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas –decía Pablo VI– (47). Entre esos lugares y pensando en la misión del laico, “Está en los que dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y por el bien común, –nosotros podemos añadir por la familia que está entre los principales bienes comunes de la sociedad– algunas veces llegando a entregar la propia vida, en todos los acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, que nos invitan a buscar un mundo más justo y más fraterno, en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian” (48).

VI. Conclusión

La realidad cristiana del matrimonio y la familia está unida esencialmente a la fe, que la sostiene y le da sentido. Por eso, el primer síntoma de debilitamiento de esa arquitectura básica de la Iglesia y de la sociedad, que es la familia, se nota en el abandono de la oración y la práctica de la vida cristiana. Por lo tanto, el gran reto al que se enfrenta hoy el laico, es vivir la belleza y el entusiasmo que brinda la fe cristiana sobre el matrimonio y la familia.
Para anunciar el evangelio del matrimonio y la familia se requiere de actitudes que se expresan en un estilo y una mística, que es previa a cualquier acción programática.(49)  Estilo pastoral que tiene su fuente en el estilo evangelizador de Jesús (50). En ese estilo se subrayan especialmente tres actitudes prioritarias para este tiempo: la alegría, el entusiasmo y la cercanía. Alegría que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo Resucitado y la fe en él. El entusiasmo es la experiencia de un «Dios activo dentro de mí» que se expresa como apasionamiento, fervor, audacia y empeño. Y, finalmente, la cercanía cordial que distingue el estilo de Jesús. La misión es relación (51), por eso, el que se encuentra con Jesucristo vivo, desbordado de gozo por ese encuentro, busca acercarse a todos para compartir su alegría. (52)
Para salir al paso de las amenazas a la identidad cristiana de la familia, no hay nada mejor que ser testigos agradecidos, que transmiten con palabras bellas la alegría de estar casados, tener una familia y valorar la identidad del ser humano creado por Dios varón y mujer. El Papa Benedicto XVI es un ejemplo constante de esa actitud esperanzada, alegre y propositiva que tiene el mensaje cristiano para la humanidad hoy.
La conciencia de la magnitud y trascendencia que tiene el don de la familia basada en el vínculo estable entre un varón y una mujer, debe llevarnos a una pastoral familiar intensa y vigorosa.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.
Arzobispo de Corrientes
Presidente de CELAF

01. Familiaris consortio, n. 55.
02. Aparecida, n. 548.
03. Aparecida, n. 549.
04. BENEDICTO XVI, Porta fidei, n. 1.
05. Porta fidei, n. 8.
06. Cf. Comunicado sobre la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe con indicaciones pastorales para el Año de la fe; enero 2012.
07. Porta fidei, n. 8.
08. Orientaciones Pastorales de la CEA 2012-2014, n. 12.
09. Cf. Génesis 1,27.
10. Instrumentum Laboris sobre “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, Sínodo de los Obispos, Roma, 7 al 10. 28 de octubre de 2012, n. 110.
11. PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, año 1975, n. 41.
12. L’Osservatore Romano en español, Editorial, 6 de mayo de 2012.
13. JUAN PABLO II, Familiaris consortio, n. 56.
14. Lumen Gentium, n. 39.
15. Aportes para la Pastoral Familiar de la Iglesia en La Argentina, CEA, diciembre de 2009, nn. 83-88.
16. Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe, Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de enero de 2012.
17. Cf. Porta fidei, n. 10.
18. JUAN PABLO II, Novo millennio ineunte, n. 57. (Citado en Porta fidei, n. 5).
19. Cf. Efesios 5,32
20. Lumen Gentium, n. 11.
21. Familiaris consortio, n. 49.
22. Evangelii Nuntiandi, n. 70.
23. Ídem, n. 70.
24. Ad gentes, n. 35.
25. Cf. Lumen Gentium, n. 30.
26. Lumen Gentium, n. 34.
27. Cf. Evangelii Nuntiandi, nn. 70 y 71.
28. Evangelii Nuntiandi, n. 71.
29. PÍO XII, Discurso a los nuevos cardenales, 20 de febrero de 1946. (Citado en Christifideles Laici, n. 9).
30. Cf. Porta fidei, n. 2.
31. Cf. Familiaris Consortio, n. 54.
32. BENEDICTO XVI, Discurso inaugural, 13 de mayo de 2007, Aparecida, n. 5.
33. Ídem, n. 5.
34. Ídem, n. 5.
35. BENEDICTO XVI, Homilía en la misa de proclamación de doctores de la Iglesia a san Juan de Ávila y a santa Hildegarda de Bingen, 7 de octubre de 2012.
36. Carta a los Romanos 7, 18-19.
37. Para exponer la visión cristiana de la pareja humana, extraigo las ideas de un libro reciente: Che cos’è l’uomo, de Gianfranco Ravasi, Prefecto del Pontificio Consejo para la Cultura.
38. Gén 2,23.
39. BAUMAN Zygmunt, Amor líquido, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2005, p. 120-121.
40. BENEDICTO XVI, Entrevista con motivo de la película Bells of Europe proyectada a los padres sinodales, 16 de octubre de 2012.
41. Aparecida, n. 14.
42. Familiaris consortio, n. 55
43. Ibíd, n. 55.
44. Porta fidei, n. 3.
45. Ídem, n. 8.
46. Aparecida, nn. 246-257.
47. Evangelii Nuntiandi, n. 80.
48. Aparecida, n. 256.
49. Cf. Carta Pastoral de los obispos argentinos con ocasión de la Misión Continental, Comisión Permanente de la CEA, agosto 2009, n. 17.
50. Cf. Carta Pastoral de los obispos argentinos…, n. 14 y “El estilo evangelizador de Jesús”. Mons. Carmelo Giaquinta, Oficina del Libro, CEA, 2010.
51. Carta pastoral de los obispos argentinos…, n. 19.
52. Cf. Orientaciones pastorales…, nn. 16-21.

 

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