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MONS. CASTAGNA- A DIEZ AÑOS DE LOS CONFLICTOS DE 1999

Servicio de la Iglesia a la verdad y a la paz

Se publicó en el Diario La Republica un informe en el que monseñor Domingo Salvador Castagna, Arzobispo Emerito de Corrientes, recuerda los hechos sucedidos en 1999: la profunda crisis de la provincia, el malestar del pueblo correntino, sus manifestaciones, y la posición de la Iglesia como "voz de quienes no tienen voz".

Una de las primeras manifestaciones espontáneas de importancia expresando el malestar por la situación económica en la provincia durante 1999, fue el 27 de abril. Después de una misa en la Catedral de esta ciudad, una muchedumbre caminó en masa hacia cercanías de la Casa de Gobierno y la Legislatura. Algunos explicaron que aquella marcha surgió tras escuchar la homilía pronunciada por el entonces Arzobispo de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna.
Monseñor Castagna fue uno de los referentes importantes del histórico 99. A través de la prédica del Evangelio se convirtió en la “voz de los que no tienen voz”, como los docentes católicos, en primera instancia y de otros sectores desprotegidos de la sociedad.
A una década de aquel año que produjo la ebullición del pueblo correntino a raíz de una grave crisis económica y con conflictos institucionales y sociales, La República propone un repaso semanal de aquel tiempo. El saldo fue de dos muertos, el corte del Puente como método de exteriorización del malestar, un movimiento popular inédito que comenzó el 27 de abril, la 17ª intervención federal en la provincia y la antesala a una de las crisis económicas y políticas más fuertes del país como fue la de 2001.
En esta reconstrucción periodística de aquella parte de la historia, monseñor Castagna escribió para este diario el siguiente enfoque:

Servicio de la Iglesia a la verdad y a la paz en los graves conflictos del año 1999 en Corrientes.

Mons. Domingo S. Castagna
Arzobispo Emérito de Corrientes
2009.


1.- Misión de la Iglesia de Corrientes en el año 1999. Al cumplirse el décimo aniversario de las difíciles jornadas que debió atravesar la Provincia de Corrientes, durante el año 1999, me han solicitado gentilmente una reflexión testimonial. Quiero hacerlo sin pretender definiciones o calificaciones políticas de ningún nivel. Estaba yo entonces al frente de la Arquidiócesis y sede metropolitana de Corrientes. Como Pastor debía ofrecer mi ministerio al servicio de la Iglesia y del bienestar de la Provincia. El pueblo es siempre el primer perjudicado en todo conflicto de origen político ya que sus derivaciones terminan afectándolo profundamente. Sus reacciones se expresan, tarde o temprano, al hacer públicas sus justas demandas y al exponerlas con progresiva intensidad y contundencia. Hubiera sido un error imperdonable no respetar la verdad y legitimidad de sus reclamos. La Iglesia no responde - y no debe hacerlo - a proyectos políticos particulares por más plebiscitados que aparezcan. Su misión es proponer el Evangelio y defender infatigablemente sus valores esenciales. No será fácil. Requerirá, en quienes la conducen, una conciencia viva de la absoluta fidelidad que le deben, no obstante cierta beligerancia, promovida intencionalmente por sectores y personas distanciadas de la fe católica. En aquellas circunstancias los sectores más desprotegidos del pueblo reclamaban que su Iglesia se constituyera en “voz de quienes no tienen voz” y valiente defensora de sus derechos.

2.- Mensaje evangélico de la Iglesia correntina. La caridad evangélica exige, a la conducción pastoral de la Iglesia, que responda a ese obligado desafío. Es lo que ha ocurrido durante aquel angustioso año de los reclamos espontáneos (de auto convocados) y de las innumerables carpas instaladas en la Plaza 25 de Mayo. El pueblo correntino, hasta ese momento silencioso y sufriente, se animó a denunciar públicamente la causa de sus sufrimientos y a reclamar de sus dirigentes la decisión de pensar más en él. La misión de la Iglesia, en sus Pastores, consagrados y laicos comprometidos, fue acompañar los justos reclamos de la gente e inspirar, desde el Evangelio, un estilo firme y pacífico. Mis alocuciones, que comenzaron como suaves reflexiones sobre los textos evangélicos de los domingos, abrieron una cátedra semanal apetecida por la mayoría de la sociedad correntina. El Evangelio de Jesús encontró qué iluminar en aquellos graves conflictos institucionales y sociales. No fue otra la intención del magisterio que me correspondió ejercer. Ciertamente el debate político vino a oscurecer la diafanidad de sus aportes. Ese terreno se había vuelto resbaladizo, dando lugar a que el mensaje del Pastor no fuera interpretado como correspondía hasta considerárselo, injustamente, generador de “discursos políticos”. El pueblo, en lo mejor de sus mujeres y hombres, entendió y se dejó acompañar por el llamamiento - de su Pastor y de su Iglesia - a defender la verdad, sus legítimos derechos y la paz entonces gravemente amenazada.

3.- La democracia como estilo de vida. Durante aquellas jornadas se reveló un pueblo solidario en el dolor, capaz de ponerse de pié y reclamar lo justo, con suficiente fortaleza espiritual como para preservar la paz. Esas virtudes fueron valoradas, por toda la Nación, con ocasión de celebrarse, en el año 2004, el Xº Congreso Eucarístico Nacional. Se produjo la Intervención Federal, amargo remedio constitucional, y dos años después las elecciones democráticas. De esa manera se inició para Corrientes una era de plena democratización. En algunas ocasiones he afirmado que gozamos de un Estado de Derecho, reiniciado hace veinticinco años, con la presidencia del recién fallecido Dr. Raúl Alfonsin; nos cabe ahora (y siempre) la responsabilidad de generar una ciudadanía auténticamente democrática. La Democracia más que una Ley es un estilo de vida.

4.- Saber leer la historia. Es preciso y urgente hacer memoria de todos los acontecimientos de la historia. Para ello se requiere saber leerla toda para extraer de ella la ciencia y la sabiduría, también de sus momentos aciagos, para que sus protagonistas - sin reeditar viejos errores - la mejoren y perfeccionen. Han pasado diez años de aquella eclosión popular inédita. Personalmente, ya emérito, quiero dar gracias a Dios y suplicar de su bondad, para el amado pueblo de Corrientes, la consolidación de su proverbial bravura y de su innegable identidad religiosa. Que no ceda a la tentación de salirse del camino elegido entonces, del respeto a las instituciones republicanas y a la democracia; de su nobleza expresada en la solidaridad con sus más pobres, en la justicia y en la hospitalidad ofrecida a todos. Estoy seguro que la Iglesia de Corrientes intensificará su acción pastoral y aplicará su atento oído al pueblo, procurando que los valores evangélicos sigan inspirando el orden social y la cultura popular.
(Fuente: Diario La Republica, informe de Walter Disanti)

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