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MONSEÑOR DOMINGO SALVADOR CASTAGNA

Se confirma, en el santo Cura de Ars, que Dios mantiene su designio de elegir a los humildes

Reflexión de monseñor Domingo Salvador Castagna, Arzobispo Emérito de Corrientes, sobre el santo Cura de Ars, san Juan María Vianney.

Una lectura teológica de su personalidad
Los santos encarnan la verdad que los teólogos  intentan escudriñar en prolongadas y fatigosas horas de vigilia. El Padre Hans Urs von Baltasar s.j., fallecido una semana antes de recibir, de manos del Siervo de Dios Juan Pablo II, el capello cardenalicio, afirmaba refiriéndose a Santa Teresita del Niño Jesús que las vidas de los santos son “vidas teológicas”. Sin duda encarnan, con sorprendente fidelidad, la Verdad que los teólogos se empeñan en formular científica y académicamente.  En plan de evangelización es más eficaz el testimonio de los santos que el discurso de los teólogos. Gracias a Dios existen muchos teólogos santos, algunos de ellos han sido beatificados y canonizados por la Iglesia. El teólogo santo es más “teólogo” por la santidad que por la ciencia. El Cura de Ars, no obstante su proverbial ineptitud para la actividad científica, es un testigo eminente de la verdad teológica. Ofrece, a la ciencia de los teólogos, un espacio particularmente colmado de la Palabra para múltiples y sabrosos contenidos que estimulan la investigación e inspiran la docencia. Recuerdo vagamente el testimonio de un amigo del santo: el Padre Enrique Lacordaire o.p., uno de los grandes expositores de las conferencias de Notre Dame, decididas oportunamente para superar el estado de descristianización en que se hallaba el pueblo francés, como consecuencia de la Revolución francesa.
El teólogo dominico, según su propia confesión, se hallaba en la búsqueda, desde años atrás, de una formula teológica sobre el Espíritu Santo sin lograrla. Bastó escuchar la catequesis para niños, del Cura de Ars, para recibir exactamente la expresión buscada. Aquel humilde Cura, haciendo de su dedo índice un señalador en el pequeño catecismo de primeras nociones de la época, se convirtió - sin imaginarlo - en un genial inspirador del teólogo. La santidad lo hizo transparente a la presencia y palabra del Maestro divino. Santo Tomás de Aquino, fatigado de las extensas jornadas de actividad intelectual, recurría al descanso de la contemplación y volvía a su trabajo con una renovada capacidad para expresar académicamente la Verdad que contemplaba en la oración.  Es allí donde los santos encuentran un lenguaje común e inteligible. En teología lo que no se reza no se aprende. El teólogo es un creyente que adopta la humildad del discípulo y no deja de recordar que todo lo recibe de su Maestro. Los santos son los más aventajados en ese discipulado inaugurado por Jesús.
 
La auténtica semblanza del Santo Cura de Ars
El Santo Cura de Ars pone todo su empeño en la conversión de los pecadores. El impulso que lo alienta es el amor a Cristo. Es allí donde encuentra el llamado al ministerio sacerdotal y se lanza a responder a él con una generosidad sin límites. Las dificultades aparecen desde el principio y cobran dimensiones de infranqueabilidad, sobre todo al disponerse a obtener los conocimientos requeridos por la Iglesia recurriendo, sin otra alternativa, a la difícil metodología académica de los seminarios de la época. Su paso por el Seminario fue considerado “sin éxito” recibiendo las calificaciones más desalentadoras en San Ireneo de Lyon. Su calificación fue: debilissimus (la más baja). El seminario lo desahució y fue devuelto al Cura de Ecully, el P. Balley. Este santo sacerdote no manifiesta el mínimo desaliento ante el fracaso académico del joven Vianney. Se dedica a traducir, en un lenguaje más simple, la teología que su alumno tiene que asimilar para presentarse ante el juicio - de “apto o no apto” - de severos examinadores. A duras penas el joven Vianney satisface a quienes lo examinan y, guiado siempre por la mano de su párroco y garante, accede a las Ordenes Sagradas. Recibe la Ordenación sacerdotal, a los veintinueve años de edad, de manos de Mons. Claudio Simon, en la Capilla de Seminario Mayor de Grenoble. Cuando el Obispo es notificado de que se lo incomoda por un solo sacerdote, responde: “No es demasiada molestia ordenar un buen sacerdote”. Se queda corto, decimos en nuestra jerga. Aquel Obispo se dispone a imponer las manos a un gran Santo, que será venerado y tenido como modelo por todos los sacerdotes del mundo.
Pero ¿dónde está el secreto de su extraordinaria semblanza sacerdotal? Sabemos dónde no está, pero… comprobamos que está. Sin duda es uno de los más grandes sacerdotes de la bimilenaria historia de la Iglesia. Ha sido propuesto por el Papa que lo canonizó, Pio XI, como Patrono de los párrocos de todo el mundo. El suyo es un patronato para estimular a la santidad a quienes ejercen el ministerio sacerdotal. El Papa Benedicto XVI, innegable hombre de ciencia, traza magistralmente su semblanza en la Carta que dirige a todos los sacerdotes, con motivo de la iniciación del Año Sacerdotal. No se trata de una exposición teológica sobre el sacerdocio católico. Es una meditación religiosa alentada por la visión de una vida sacerdotal santa. El Cura de Ars es un sacerdote santo, simplemente santo. Su huída de todo título - Canónigo - y de toda recompensa social orilla lo burlesco. Al “pobre Cura de Ars” no le caben los títulos y dignidades eclesiásticas, menos aún las máximas condecoraciones del Gobierno. El secreto de su destacada estatura espiritual aparece en los movimientos humildes que su ministerio parroquial le impone. Es el hombre que ama al Buen Dios con ternura y sigue con fidelidad a Jesús por el sendero del agotamiento y del silencio, de la penitencia oculta y de las prolongadas jornadas transcurridas en la oración y en la atención heroica de quienes buscan el perdón y la paz. Ofrece lo poco que tiene, sin guardarse nada, y da lugar - todo el lugar - al Espíritu que se le ha comunicado por la “imposición de las manos”. 
 
Modelo de santidad sacerdotal
Sin duda, por intermedio del Papa Benedicto, la Iglesia lo constituye, para todos los sacerdotes del mundo, en un llamado elocuente a la santidad. Nadie puede afirmar que el Santo Cura es de otra época - justificando así una inveterada cobardía - ante la urgencia de aceptar el mismo y perenne desafío. Él no lo hace en su momento, no se apoltrona en la comodidad asfixiante de un ministerio entendido como mera función burocrática. Se entrega sin retaceos, echa un manto de olvido sobre su persona y no piensa más que en los intereses espirituales de quienes acuden a él. Las tres horas diarias de adoración ante el Sagrario - de 4 a 7 am. - y la celebración inmediata de la Eucaristía, constituyen la fuente vitalizadora de su fecunda actividad pastoral. En las manifestaciones humildes, a veces contrariadas por la mediocridad ambiental, de las diversas y principales actividades de su ministerio, se lo ve poseedor de una sabiduría que no es de este mundo. Es el hombre que mira el bien de las personas: de sus feligreses y de sus penitentes. Sabe que el bien sobre todo bien es Dios y no se cansa de ofrecerlo como lo vive él. Testigo fiel de Dios para un mundo sin Dios. Es consciente de su misión de apóstol y testigo. Todo lo somete al ministerio que se le ha confiado: su descanso, su alimento, su tranquilidad y su misma salud. Es un luchador incansable. Se pasa la noche del sábado al domingo en el templo, preparando fatigosamente el obligado sermón de la Misa mayor. Lo escribe íntegro y, de inmediato, procura aprenderlo de memoria. Lo logra en parte, a veces se ve obligado a bajar del púlpito porque, exhausto, advierte que lo memorizado durante la noche ha desaparecido de su mente. Más adelante ya no necesita hacer tamaño esfuerzo. Su identificación con Cristo - la Palabra encarnada - constituye su preparación remota y próxima. Quienes lo ven y escuchan se conmueven hasta la conversión.
La humildad le hace pensar que es indigno del ministerio que ejerce. Padece, en consecuencia, una dolorosísima prueba y piensa retirarse a un Monasterio “a llorar su pobre vida”. Lo intenta sin éxito hasta que comprueba que debe permanecer en Ars. Acata la voluntad de Dios y se abandona serenamente a su conducción. La resignación no lo aleja de su fervorosa dedicación a la atención de su feligresía y, sobre todo, al ministerio de la penitencia que le reclama 16 horas diarias de confesionario. Su figura hirsuta y silenciosa atrae el interés de toda Francia. Su pequeño templo parroquial es lugar de cita de innumerables hombres y mujeres, de ínfima y encumbrada situación social, responsables de funciones importantes tanto en la Iglesia como en la sociedad. Lugar pobre Ars, enclavado entre el campesinado laborioso y simple del interior de Francia, a solo 30 kilómetros de Lyon. Todos se acercan con un propósito: confesarse con el santo Cura y recibir de él un decisivo impulso de conversión mediante el consejo y el perdón. ¿Quién es ese sacerdote sin nivel académico ni prestigio social? Un hombre que se rinde, en un gesto generoso y libre de su voluntad, a la voluntad de Dios.
 
La clave: su humilde consentimiento a la gracia
Se gloría, como Pablo Apóstol, de ser nada ante el Buen Dios, revelado en el Misterio de su Señor Jesucristo. Se empeña en dedicar su vida a Dios y a sus hermanos más pobres: los pecadores. Es el propósito que comanda su comportamiento cotidiano. ¡Qué poco importa lo demás en su vida pobre, apenas sostenida por unas patatas enmohecidas y carentes de todo sabor! ¡Qué poco importa el descanso, sacrificado a la oración continua y a la atención de sus penitentes! ¡Qué poco importa la unánime veneración de los peregrinos, que se concentran en Ars, atraídos por la fama de sus heroicas virtudes! El Santo Cura es obra exclusiva de la gracia. Como la Bienaventurada Virgen María - y aprendiendo humildemente de ella - pronuncia el “fiat” incomprendido por el mundo, hasta por quienes constituyen su entorno eclesial. Es lo único suyo, aunque… es también fruto de la gracia. Hombre de fe - modelo de creyente para los fieles que acuden a beneficiarse de su ministerio - se ha propuesto creer a Dios, y a no dudar de su presencia, desechando el testimonio contrario de sus sentidos. Cuando le administran el Santo Viático - el rito incluye una explícita profesión de fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía -  responde sin vacilar a la solicitud solemne del ministro: “¡Jamás he dudado!”.
Su única ambición es amar a Dios e intentar, con todas sus fuerzas, que todo el mundo lo ame. De allí su entusiasmo por las misiones. En su existencia de humilde sacerdote Dios se recrea, lo modela a su manera, realiza su extraordinaria obra de santidad. El santo Cura no tiene la mínima idea de esa obra de Dios y sólo ve su pobreza, “su pobre vida” que desea llorar en la soledad de un Monasterio. Teme y vence el temor dándolo todo. Se considera indigno y hasta reprobado, ¿será acaso consecuencia de sus reiterados fracasos académicos? En cierta ocasión le preguntan: ¿Por qué se detiene tanto tiempo, después de la consagración, contemplando la sagrada Hostia? Su respuesta no carece de ingenuidad y profunda humildad: “Por si no tengo la dicha de contemplarlo en el Cielo”. Sus expresiones y gestos manifiestan una espontaneidad asombrosa. No es consciente de lo que se sale de lo ordinario en su vida simple y laboriosa. Como Pablo “se mueve en Cristo” y todo lo refiere a su presencia y a su amor por cada uno de sus hermanos.  ¡Qué ejemplo para quienes deciden abrazar el ministerio sacerdotal! No queda tiempo, no hay lugar en su espíritu, para reclamar promociones o exigir reconocimientos. Se deja absorber por el amor a Cristo y a quienes el Señor ama preferentemente. Llega a la humana desconsideración con su alimento, descanso y lícitas recreaciones. 
 
Su felicidad sacerdotal         
No es un ser sin horizonte, desaparecido por largas horas - todos los días - en la oquedad oscura de un confesionario. Es un enamorado, cuya felicidad consiste en seguir al Amado hasta la Cruz y morir en ella, y con Él, por los pecadores. Es el secreto de su gigantesca estatura espiritual, de su conversión en víctima de amor, identificado con la Víctima que atrae diariamente sobre el altar. El santo Cura de Ars es un sacerdote feliz, llegado a la plenitud del amor sin resabios de egoísmo, que se siente amado con pureza ejemplar por Jesucristo. Sabe que su respuesta de amor está aún infinitamente lejos del llamado de amor de Dios. No se desalienta. Se reconoce pobre e identifica al Padre Bueno que le obsequia a su Unigénito por amor: “Dios amó tanto al mundo que le dio a su único Hijo” (Juan). Por allí va su vida: respondiendo humildemente al Amor que lo ama. Su espiritualidad se inspira en Jesucristo como el Amor que lo ama hasta la Cruz. Así aprende lo que enseña en sus sermones, catequesis y consejos. San Juan María Vianney supo escoger un sitio entre los discípulos del Divino Maestro y le fue mucho mejor que en las ilustradas aulas del Seminario Mayor de San Ireneo de Lyon.
Se confirma, en el santo Cura de Ars, que Dios mantiene su designio de elegir a los humildes para confundir la autosatisfacción de los grandes y poderosos. No sirven al plan de Dios los grandes talentos sin humildad. La pura habilidad dialéctica satisface a quienes no interesa un verdadero cambio. Cuando habla Dios por sus auténticos profetas - los santos - ya no queda lugar para entretenerse en la superficie. O se produce la conversión (el cambio) o se rechaza irresponsablemente la verdad propuesta por Dios. El llamado “bajo perfil” de los santos es una actitud espontánea y habitual. Nos les interesa la imagen mediáticamente proyectada; no la buscan ni la toleran. Dios les comunica la capacidad de distinguir oportunamente lo verdadero de lo falso y siempre se deciden por la verdad. Podríamos prolongar esta reflexión sin límite de tiempo. Mi propósito es aportar mi visión personal, al modo de una sencilla contribución al Año Sacerdotal iniciado. El mismo Santo Padre Benedicto XVI ha plasmado, en su Carta a los Sacerdotes, la figura de un modelo sacerdotal: el Santo Cura de Ars. De él ha sacado la inspiración para el Año iniciado solemnemente el día el Sagrado Corazón de Jesús.

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