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REFLEXION DE MONS. CASTAGNA

Año Sacerdotal: Beato Eduardo Poppe, sacerdote diocesano de la Arquidiócesis De Bruselas-Manila, Bélgica

Reflexión de monseñor Domingo Salvador Castagna, Arzobispo emérito de Corrientes. Septiembre 2009

¿Quién es?
Hace poco más de sesenta años - era yo un adolescente de 17 - cayó en mis manos la biografía de un sacerdote, fallecido a los 33 años: El Padre Eduardo Poppe, presbítero de la Arquidiócesis de Bruselas-Manila (Bélgica). Me impactó su figura sacerdotal. ¡Qué bien me hace aún recordarlo! Su ideal - sin desearlo - lo singulariza, contra su expreso propósito de pasar desapercibido. Su fidelidad a lo que Dios no cesa de inspirarle es más fuerte que su deseo de desaparecer de la atención de la gente, entre sus hermanos sacerdotes. Sin pretenderlo se destaca por su madurez espiritual, su pobreza y su generosa disponibilidad de servicio. Mantenerse fiel en un clima eclesiástico poco comprensivo supone mucho silencio y humildad. El amor a Cristo le otorga valor excepcional y gran libertad evangélica. Sus primeras experiencias sacerdotales ponen en cuestión su capacidad de obedecer y, al mismo tiempo, de tender a la perfección que el Señor le exige. Al observarlo tan de Dios y, no obstante, permeable a los problemas de su gente, sus hermanos presbíteros le piden que se haga cargo – sin reparar en su juventud - de una reflexión espiritual. Se la encomiendan de la noche a la mañana (textualmente) y se prepara en la oración. El resultado produce un impacto inolvidable en el Clero, conformado por sacerdotes de muy diversas edades. En lo sucesivo es requerido con mucha frecuencia. Se editan sus reflexiones sacerdotales. He tenido la oportunidad de meditar con sus escritos y comprobar la honda y contagiosa espiritualidad que fluye de su palabra.
 
¿Quién ha sido este sacerdote que en sólo ocho años de ministerio significó tanto para la Iglesia?
El Beato Eduardo Poppe nace en Temse, Bélgica, el 18 de diciembre de 1890, es ordenado sacerdote el 1 de mayo de 1916. Muere santamente el 10 de junio de 1924 en Moerzeke a los 33 años. Es beatificado por el Papa Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999. Miembro de una familia numerosa de panaderos y sacerdote diocesano de la Arquidiócesis de Bruselas-Manila. Su Arzobispo es el prestigioso Cardenal Mercier que al presidir la Misa Exequial de su joven presbítero afirma: “Este hombre llegará al honor de los Altares”. Venida de un hombre como el Cardenal la afirmación suena a profecía. El propósito del Padre Poppe es ser un santo sacerdote. Su espiritualidad adquiere contornos definidos marcados por San Francisco de Asís y por la recién beatificada Teresita del Niño Jesús. Rechaza la idea de ser religioso y cultiva un profundo amor a la Iglesia diocesana. Anhela ser un miembro sencillo y escondido del Presbiterio, atento a las enormes necesidades de su pueblo. Esa atención lo inclina a mantener el oído abierto a los más pobres, captando con inteligencia las inquietudes de un proletariado belga abrumado por las injusticias sociales. Tiene claro que su aporte es desde el sacerdocio ministerial, ejercido en profunda comunión con Jesucristo, el Buen Pastor, y con su Iglesia. Para ello se propone vivir en su intimidad, mediante la práctica de la adoración eucarística, y de una filial devoción a la Santísima Virgen María. Mantiene el valor de ser coherente con el ideal trazado y proyecta una vida de pobreza, obediencia y ocultamiento. Su salud halla graves obstáculos apenas iniciado su ministerio en la Parroquia de Santa Coleta. Debe aceptar el despojo, por obediencia, de sus obras más amadas: la catequesis y las Cruzadas Eucarísticas. Cuando el Arzobispo le comunica que debe abandonar lo realizado exitosamente, hasta el momento, se pone humildemente de rodillas y exclama con entrañable fe: “Cuando nuestra obra se desmorona entonces empieza la Obra de Dios”. No es una pose teatral. No está entre sus cálculos el preservar su imagen o quedar bien ante los demás. Su amor a Jesús mueve su compromiso pastoral e inspira sus sabias palabras. Más adelante, cuando la tuberculosis le impide moverse y alternar con la gente, el amor al Señor llena su silencio y da vida a su obligada inacción. 
 
Su amor a la Iglesia hasta el agotamiento
Se lo ve prodigándose en las tareas que le encomiendan sin reparar en la grave e inexorable enfermedad que avanza. La relación personal que mantiene con los sacerdotes, que acuden a su lecho de enfermo, reviste una trascendencia inimaginada por él. Está en la cruz con su Señor, desde la cruz consuela e ilumina a sus hermanos y desde allí experimenta el martirio. Su rostro agotado por la fiebre conserva una paz inalterable que sabe brindar a quienes se acercan a él. Confiesa a sus más allegados, con heroica serenidad: “Todos se alejan de mi consolados, menos yo”. Trabaja incansablemente hasta en vísperas de su muerte. Sus amigos y confidentes, le piden que descanse y se despiden, muy entrada la noche del 9 de junio de 1924. En la mañana del 10 no logra ponerse en pie. Muere después de una breve agonía, expresando, con los brazos abiertos, el humilde ofrecimiento de su joven vida a Dios. Tiene sólo 33 años - el 18 de diciembre debía cumplir 34 años - y ocho en el ejercicio de su ministerio sacerdotal. ¿Qué mensaje encarna para la Iglesia y para los sacerdotes? Los santos aparecen en la hora oportuna, cuando la duda y la incredulidad buscan, sin pensarlo, testigos de la fe perdida. No siempre es la incredulidad el mal que corroe la vida de los creyentes sino la mediocridad. Sin duda, el mayor peligro que amenaza el ejercicio del ministerio sacerdotal, es la vida mediocre de los ministros. Poca oración, criterios prebendarios y de comodidad, descuido escandaloso de enfermos y penitentes, espera ambiciosa de promociones y reconocimientos etc… Poppe elige todo lo contrario sufriendo la desaprobación de quienes no soportan que se los cuestione desde el Evangelio leído “sine glosa” y vivido sin diluyentes ideológicos. Desde su decisión de remontar el sendero de la santidad, como sacerdote diocesano, no deja de padecer el escrúpulo de buscar singularizarse entre sus hermanos. El llamado claro y urgente del Buen Pastor prevalece sobre los prejuicios de quienes consideran que salirse de la medianía o mediocridad constituye un desmedido intento de ser calificado como superior a los demás. A Poppe lo atormenta este temor, se constituye en una prueba debilitante en la tarea cotidiana de hacer la voluntad del Padre. Dios lo quiere santo, lo confiesa sin atenuantes en privado y en público. La sinceridad y humildad de sus expresiones atraen, finalmente, el respeto y admiración de sus hermanos presbíteros.
 
El secreto de su propósito de santificarse en el ejercicio de su ministerio sacerdotal
Ciertamente, su propósito de santidad está asistido e inspirado por una relación constante con el Señor, mediante la oración. Es un verdadero discípulo de Jesús que traslada de inmediato lo que aprende a lo que vive. Más aún, se convence de que no sabe acabadamente lo que no es capaz de llevar a la vida. La pobreza evangélica no se reduce a una sólida teoría teológica sobre la pobreza. Poppe se hace pobre y, como pobre, se pone al servicio de los pobres. La suya no es una postura ideológica antiliberal, ni una expresión sociológica de la “opción por los pobres”, es la adopción real de la pobreza de Cristo, al modo de San Francisco de Asís. Es interesante observarlo, al cabo de cada retiro, revisar sus pobres pertenencias y eliminar de ellas lo que él llama “superfluo”. No se atreve a enfrentar a los obreros mal remunerados de las fábricas de su Parroquia si no se hace “un curita pobre”, capaz de esperarlos a la salida del trabajo con el aliento de una palabra evangélica que les devuelva su dignidad. La oración de ese hombre joven transcurre en el silencio de la adoración eucarística. Allí se pasa largas horas contemplando las puertas del Sagrario con una sonrisa que le brota del alma. Su breve jaculatoria es un plan de Vida: “¡Corazón de Jesús, modelo del corazón sacerdotal, ten misericordia de mí!” De esa intimidad callada extrae la capacidad espontánea para que las acciones de su ministerio, particularmente la celebración de la Santa Misa, sean los mejores y más eficaces gestos evangelizadores. Poppe siente resonar en su corazón las palabras de Jesús agonizante, dirigidas al “discípulo amado”: “He ahí a tu Madre” y las recoge con indescriptible gozo. Su devoción a María es tierna y fuerte, dócil y valiente, contagiosa y discreta. Intenta amarla como Jesús la ama e, imitando a Juan, la aloja en su corazón. Se lo ve, como a San Pío y a la Beata Teresa, rezando diariamente los quince misterios del Rosario, práctica devocional de pobres y de santos. 
 
 “Los amó hasta el fin”
Por consideración a la brevedad, que deseo respetar, en la descripción fisonómica de estos sacerdotes santos, dejo entre paréntesis otros aspectos de la espiritualidad del Beato Eduardo, que facilitarían más la comprensión de su semblanza de santidad. Concluyo volviendo a su imagen rendida por la enfermedad. A los que había amado - a sus pobres, a sus niños, a los seminaristas y religiosos de C.I.B.I. (seminaristas y religiosos en el servicio militar) de quienes fue Director espiritual, a los sacerdotes, a su patria terrena - “los amó hasta el extremo”. En su lecho: agotado, enfebrecido y, por momentos, vencido por el sueño, sigue atendiendo a los sacerdotes, revisando proyectos de catequesis y recibiendo los informes inquietantes de la vida de su pueblo de Flandes. Así ingresa en la vigilia de su tránsito. Mi última reflexión. La Iglesia y el mundo actual necesitan hombres que reciban la Ordenación sacerdotal con un propósito firme de santidad. Poppe es un profeta, para todas las épocas, que anuncia la santidad como posible y necesaria para que la gracia prolongue la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte en el mundo, en este mundo. Termino mi reflexión con el epígrafe grabado sobre la tumba del Beato Eduardo Poppe: “Si hoy su carrera llega a su fin, su influencia (en cambio) comienza. Su espíritu penetrará nuestro mundo con más claridad y nos entusiasmará más que nunca”.

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